CARMEN RONDÓN – Administrativa

Secretaria Adjunta a Dirección. 30 años.

driandelapeña
Ilustración- Javier Tomás Biosca

Se abre paso a cuchilladas, rasgando el último velo de oscuridad. La visita matinal se cuela a través de las cortinas de la habitación; cálida, febril y truculenta, desconociendo la frialdad que acusa a los mejores asesinos, aquellos impasibles de movimientos planificados. Este delincuente es todo lo contrario: improvisado, dominado por sus humores y esclavo del clima -ese que hoy se muestra sofocado- asalta la alcoba con un bochorno asfixiante. Carmen sabe que ha llegado la hora. Y a pesar de que lleva semanas evitándolo, buscando que las sombras de la noche la oculten de la mortal visita del alba; hoy ha sido imposible, está demasiado cansada.

Ignorar el despertador la ha hecho cautiva de una violencia cada vez más cercana a su piel.  Los puñales de su tórrido asaltante avanzan sobre la habitación al compás del minutero de aquel olvidado centinela; iluminándola, aclarando la densa oscuridad donde Carmen se siente segura. No quiere mirar, aunque el filo mortal del resplandor lacere sus párpados. Es incapaz de encarar el deseo que enciende el crepúsculo matutino. Pero es tarde ya. Tarde para despertar, huir y salvarse. Las sádicas caricias del día caldean su sangre serena hasta bullir; expandiéndola en un burbujeo histérico incapaz de sosegar, llevándola desde su sexo hacia los límites de una piel cada vez más trémula y robando, en la efervescencia de sus ampollas, el aire que ella siente que le falta. Su respiración se desacompasa. Inhala en cortas intermitencias y expulsa el aire con largos quejidos, mientras se obliga pausas infinitas entre ellos para procurar -en su agonía- una muerte redentora. Vulgar utopía, pues ahora está más viva que nunca.

A pesar de ser una tortura habitual, no ha podido acostumbrarse. Y no porque el golpe de navaja duela aún más que la primera vez; o porque lo haga sobre la misma herida una y otra vez. No. La turbación radica en la perversión de su atacante, aquel que la obliga a coger los puñales con sus propias manos, mudarlos a sus dedos y cometer el crimen en primera persona; forzándola a enterrar carencias disfrazadas de placer en un cuerpo cada vez más lascivo, despertando la obscenidad que mantiene muda tras sus labios y a la que acusa de su fracaso sentimental. Carmen se retuerce furiosa, presa del rebujo de sábanas cómplices que la atan al lecho del que no pudo escapar, hinchándose de vicio. Es un globo a punto de reventar, esperando el golpe mortal que liquide su humedad de un estallido. Está perdida. Conoce perfectamente cada punzada. Rodrigo, Iván, Carlos, Juanjo, Esteban, se escapan de su boca tras el vapor que evidencia el hervidero en el que se ha convertido su cuerpo. Anónimos que se empeña en recordar, que repite, imaginando sus voces, sus cuerpos, sus aficiones, sus palabras de amor. Incógnitos secuaces que la cercan en un bukake sentimental donde el azar decide quien será letal. Hoy ha sido Tomás.

Tras el reventón todo está perdido. En una exhalación se escapan los restos de sueño, salpicando las paredes en segundos y tiñendo la recámara con deseos y recriminaciones.  Tirada en la cama, vacía, seca, Carmen observa la mezcla de satisfacción y condena a partes iguales que gotea sobre su rostro. Un fotograma dantesco, sin duda, donde la luz matutina se revela como la homicida más sanguinaria. En el fondo agradece la crueldad solar. Basta ya de soñar. Sabe que no ha nacido para el amor carnal.

Deja un comentario