LUIS MANCILLA – Escritor

Creador de los éxitos “Tiempo de Amar” y “Fatigas del Querer”. 36 años.

Se sentía un completo estúpido y eso le bastaba para odiar esa ciudad. Después de tanto vagar por fin decidió detenerse, a pesar de no querer hacerlo. Creía que caminando el día avanzaría más deprisa, que las horas se consumirían al mismo tiempo que las suelas de sus zapatos. Tenía la infantil fantasía de que, tal vez, sus pies ayudaban a la rotación de la tierra como lo hacen un par de dedos al juguetear con un globo terráqueo. A eso se aferraba ahora: a fantasías; lo que pudo ser.

Llevaba horas así, vagando por las calles de Londres de la misma manera que un loco deambula por los pasillos del manicomio. Ocupando su tiempo en un sinsentido. Atiborrándose de nuevos escenarios que le parecían ya conocidos, tal vez porque su mirada encuadraba paisajes iguales a las fotos de sus libros de historia o, por el contrario, sólo buscaba aquellas imágenes ojeadas en su infancia para encontrar un lugar seguro donde protegerse del dolor que estaba viviendo. El no quería recordar. Tampoco quería sentarse. Le haría pensar y era justo lo que evadía. Si no cuestionó la decisión de irse ¿Por qué habría de reparar en ella ahora? Ya el cansancio era evidente y necesitaba descansar; no para continuar con aquel estricto itinerario turístico autoimpuesto, sino para reunir fuerzas suficientes para devolverse a casa. No tenía más remedio que parar.

Se sentó frente al Támesis y tras el silencio de sus pasos vino la angustiosa riada que le inundó. Turbia, vomitiva y caudalosa, igual que el río ante sus ojos, era la verdad que se desbordaba dentro de él, que lo confrontaba. Sentía que sus brazos endebles eran incapaces de abrazar a nadie, que su pecho no tenía la suficiente dureza, ni física, ni sentimental, para soportar llantos ajenos. Según el, sus dientes más que sonreír, le desfiguraban y su áspera calvicie no invitaba, desde hace tiempo, a caricias de ternura. Tenía tan poco que ofrecer y exigía tanto. Un parásito que se alimentaba de ilusiones, depauperándolas, sin tener el valor de matarlas de una vez. Estaba allí y el sueño no era más que una pesadilla. ¿Por qué seguir aferrado a el? ¿Para qué? Había caído una vez más en las garras de su ficción sentimental, esa maldita traidora que nunca se ha cansado de jugar con sus sentimientos y a la que siempre le daba una segunda oportunidad. Tercera. Cuarta. ¿Qué importa ya? Londres pagaba las consecuencias de un pobre diablo que estaba cansado de detestarse a si mismo.

Su padre le había mostrado el valor de las acciones, que las palabras son problemas abiertos pendientes de discusión. Polémicas. Incapaces de asentarse porque surgían de bases tan dispares como personas en el mundo. Le repitió mil veces que nunca confiara en ellas pero jamás le hizo caso, al fin y al cabo, él vivía de las palabras. No sólo metafóricamente. Era escritor, pero no de aquellos novelistas prosaicos cuya aspiración termina cuando le otorgan su nombre a una silla dentro del pleno de la academia. No. El era escritor de telenovelas, la fulana del género. Tal vez por eso le daba tanto peso al diálogo, tara devenida de la matriarcal radionovela, y que importaba tanto en su relación sentimental. Traspasó sin miramientos el límite entre creador y creación, o simplemente quizás nunca lo hubo. El estaba allí por culpa de los sentimientos dialogados que día a día intercambiaba con aquella protagonista que ahora pretendía eliminar de su trama personal. Asesinarla era la única salida.

3 Comments

  1. Natalia

    wow… totalmente desgarrador!!!

  2. Pablo Herdr

    Super Bueno.

  3. Pastor

    Amigo te felicito… Excelente…

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