My Fair Yuleidy – Capítulo I

“Pillar en verano para vivir el invierno” es la máxima que precede el vademecum de mi ligoteo personal, al menos hasta hoy. Desde que descubrí los placeres de la carne, el acopio sentimental ha sido prioridad máxima de mis noches estivales. Nada de amores de verano, nada de polvos de una noche, mi meta -cual prehistórica caza del Mamut- es hacerme con un abrigo de carne y hueso que me proteja de las crueldades del invierno, de amigas y enemigas. De preferencia moreno, un lomo de visón sin teñir, cero mechas, cero cejas depiladas. Lo quiero con pelo, grande, y que, por sobretodas las cosas, me absorba en su calidez.

No malinterprete mis palabras comadre. No soy una loba; ya no. Soy toda una dama. Se disimular muy bien mis intenciones carnales, controlar con astucia mis ansias sentimentales y manejar cautelosamente la mirada como si se tratase de la sospechosa persiana al otro lado de la calle. Un toque Hitchcock, o tal vez mucho. Femenina, coqueta, audaz pero a la vez temerosa, intrigante en las preguntas, suspicaz en las respuestas, rubia. No tan agraciada como el resto, pero guapa. Una mujer. Un trabajo duro alcanzado a punta de academia, asentimientos silencios, escala de azotes, tacones y fluidos corporales. De estado civil soltera,  lo que me supone la ruina más allá de una soledad en ciernes. Pasé el verano protegida y acalorada; con una segunda piel que decidí no soltar, abrigada en el estío hasta que -como reza la lírica- se rompió de tanto usarla. Ya es tarde para conseguir una. A estas alturas las mejores pieles se han comprado, dejando sólo polipieles a expensas de carroñeras que liquidan las calles con minifaldas ignorantes del cambio de estación. No existe esperanza de conseguir, al menos, un cuello de zorro. Se acabó lo que se daba. ¡Más nylon!

No quiero ser esas típicas pesadas que hablan de sus desencuentros amorosos. Los hombres, las mujeres, un Sex & the City desfigurado, conocido catódicamente, como adaptación. Así que perdonadme si he sonado como una Carrie Bradshaw perdida en la selva documental de National Geographic. No voy por ahí. Tampoco tengo pretensiones de convertirme en una tribuna feminista encartada en la edición dominical del periódico. ¡No! lo último que quiero es liderar una revolución femenina. Esa batalla ya la ganamos. ¡Si hasta he logrado que mi novio -ex-novio- mease sentado! Cosa que pudo haber sido causa de su abandono, no lo sé; es la primera vez que estoy así: soltera. Y lo que para muchas significa un alivio de carga, a mi me supone todo lo contrario: un exceso de peso interrogante, cuestionante, más que los 350cc de cada una de las tetas que me hice en Venezuela.

Perdonen la vulgarización de mi verbo pero muchas veces soy incapaz de contener la favela caribeña de donde realmente vengo. Una sucesión de montañas de ladrillo, chapa y bahareque donde el invierno es el anhelo redentor de los sofocos tropicales, alzándose como sinónimo de clase y refinamiento, arrinconando el uso de las pieles  a los límites estampados de nuestros escotes. América. La descubierta, o tal vez la encontrada. Del que apodan “país en vía de desarrollo” pero que nunca ha encontrado el camino. Por eso decidí escribir mi vida como una “priti güoman” sudamericana, con galanes más villanos que caballeros y oficios que se muestran menos pulcros. Buscando el abrigo que me llevara hacia el invierno de la abundancia, que me mostrara el mundo sibarita tras los decorados culebriles. Pigmaliones que me convirtieron en la dama que siempre soñé ser. Señoras mías, soy el vivo ejemplo del canibalismo ilustrado y aquí pienso contárselo.

*Publicado en Ruby Star

One Comment

  1. Carolina

    Amoreee te felicito!

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