My Fair Yuleidy – Capítulo II

“Ese calor que sientes, que te nace de ahí -explicaba señalando mi vientre- no es más que tu fuerza de mujer”, explicó mi abuela con aplomo de institutriz inglesa mientras me enseñaba cómo pelar un jojoto. Una gran frase que, para muchos, podría considerarse el disparate senil de una señora entrada en años, pero que para las Yépez Hurtado es -sin lugar a dudas- un fundamento de vida: Las mujeres debemos dominar el fuego.

“Controlar la candela es el arma de toda mujer que sueñe con el éxito”. Allí descansa la esencia de una teoría familiar que data del siglo XIX, a mi tatarabuela Carmence. Una de las mejores “francesas” de los mabiles del callejón de Las Chayotas de la antigua ciudad; la cual a pesar de no ser particularmente bella, comprometía sus horas con semanas, incluso meses de antelación. Frente a los que cuestionaban su éxito, solía contestar: “En la cama como en la cocina, a los hombres se les guisa”. Y tal era su sazón, que nadie lo dudó. Saldría de ahí. En poco tiempo pasó de tener clientes a tener novios, de fulana a señorita -de compañía, aunque señorita al fin- y se mudó a una casita al norte de la ciudad, donde desarrolló su particular teoría de mecenismo sexual. Geisha Tropical, Cortesana Caribeña, llamenla como quieran pero no puta. Tal vez Querida. Eso sin duda, por muchos.

Mi tatarabuela Carmence luchó para que su casita no se convirtiera en un comedor social. Todo lo contrario, por mucho tiempo fue un restaurante de lujo donde cada plato era -dependiendo de la desesperación del agasajado- devorado con pequeños y delicados bocados o zampado directamente con las manos. Jamás olvidó, ni debemos nosotras, que el plato debe pensarse y hacerse para el comensal. No es lo mismo saciar el hambre de un minero que satisfacer el paladar empresarial. En esa misma casa me crié. La que antes coronaba una verde colina y ahora está inmersa en una sucia favela; en un entorno adulterado, pero el corazón intacto: La cocina de Carmence en el patio de las Yépez Hurtado. Allí aprendí que lo mejor es cocinar a fuego lento, así la comida adquiere más gusto, que no es otro que tu sazón. Cuando conocí al Señor, me destacaba por mis sancochos ligeros, mi descaradas arepas y mi arroz sueltecito. Como yo, al menos con él.

¡Hay que saber cocinar!  Esa es la primera regla, orgánica y fundamental.  Por eso mi abuela me puso a cargo de los jojotos justo el día de mi primer menstruo. “Cuando se descongela la carne y el fuego se enciende, ya ha llegado la hora de cocinar”

Publicado en Ruby Star

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