My Fair Yuleidy – Capítulo III

Mi primera muñeca vino usada. Una morena de segunda mano que mamá me regaló en las navidades de mil novecientos y algo. No pretendais que de una fecha exacta, soy bastante reservada con mi edad. Lo primero que noté en la recién llegada fue su escasa melena, en su cabeza sólo había unos cuantos mechones aislados, cada uno con su carácter: El eléctrico a la derecha de la nuca, el quemado junto a la oreja izquierda y el cortito -mutilado sin piedad- coronando el cráneo. El rostro, por su parte, se asemejaba a una especie de tótem primitivo, donde la poca destreza de su otrora infantil maquilladora quedaba evidenciada en miles de trazos a bolígrafo que nunca encontraron los párpados. Decidí llamarla Trucutrú, como el cavernícola de las tiras cómicas del periódico dominical. Las marcas en su cuerpo delataban una vida que no conocía, y que tampoco me importaba. Era sólo mía, mi damita de compañía. Me acompañaba al colegio, jugábamos en el parque, comía a mi lado en la mesa aunque nunca probara bocado. El único momento que no compartíamos juntas era la ducha, y no por pudor, sino porque el día que mi amiga Mariví la conoció, me advirtió de los estragos que el agua hace en el cabello de nuestras plásticas confidentes. ¿Cómo hacerle esa maldad a Trucutrú? La quería y mucho. Todo lo anterior a ella había sido trapo. Fue mi primera compañera de piel acrílica y juramos que siempre estaríamos juntas. Hasta que apareció Barbie.

Con su llegada me deslumbró, no os voy a mentir. Era todo lo contrario a Trucutrú. Su pelo rubio, liso y abundante, sin espacio para claros capilares. Su maquillaje era impecable: labios perfectamente pintados, mejillas ruborizadas y párpados en rosa con delineador negro potenciando su mirada felina. Llevaba un vestido brillante, no como los harapos con los que vestía a mi vieja cavernícola. Barbie tenía mucha clase. Venía de fiesta, en una caja decorada con cintas de colores, globos, flores y mucho confeti. ¡Estaba tan excitada! No me lo podía creer. Ansiosa, me apresuré a desempacarla, pero mamá me contuvo. Le había costado mucho dinero y tenía que tratarla con muchísimo cuidado. Era una muñeca fina y merecía delicadeza, la misma que utilizó para sacarla de la caja y entregármela. De aquel día no tengo más recuerdos que de Barbie. Su sonrisa, sus torneadas piernas, su pelo perfumado, tantas cosas… Junto a ella no sentía ni frío, ni hambre, me había convertido en una insensible. Tanto, que no noté que había olvidado a Trucutrú; junto a quien desperté la mañana siguiente. Aunque la reacción lógica hubiese sido alegrarme por amanecer junto a mi fiel compañera de años, no pude contener la rabia. ¿Dónde estaba la rubia? Busqué debajo de la cama, detrás de la cómoda, entre los calzones. Sencillamente no estaba. Desesperada, me tumbé en la cama intentando pensar, tenía que estar en algún lugar. Y así era, allí estaba. Frente a mí, de vuelta en su caja, intacta. Barbie colgaba de la pared la habitación. Me encabroné. Llamé a gritos a mi madre, quien se apersonó inmediatamente en la recámara.

- ¿A qué viene tanto grito? – Me preguntó.

- ¿Qué hace Barbie en la pared? Bájala. Quiero jugar con ella.

- Nada de eso Yuleidy. -dijo negando con la cabeza- De lo bueno poco hija. Otro día.   

Y se marchó sin más. Indignada intenté alcanzar a mi nueva amiga, pero la advertencia a viva voz desde la cocina me quitaron las ganas. Prefería contenerme a recibir la paliza anunciada por mi madre. Ese día lo logré, verla tan hermosa me hacía recordar lo vivido y con eso me bastaba; pero a medida que pasaba el tiempo, mi calma se diluía en las lágrimas que acompañaban mis pataletas. Barbie era mi deseo constante. Verla clavada en las alturas del tabique, mirándome con ojos seductores y no poder tocarla, me generaba una impotencia enajenada. Quería tenerla entre mis brazos, quererla, poseerla para siempre. Imposible. Mamá sólo me dejaba jugar con ella los viernes, de cuatro a seis de la tarde.

- Allí tienes a Trucutrú -contestaba ante mis reclamos.

Pero me negaba a jugar con ella, me había enamorado de Barbie, de su esencia, quería ser como ella. Al cabo de varias semanas comprendí que era más el tiempo que pasaba sola que acompañada y terminé aceptando el consejo de mamá. Aprendí a sobrellevar los días de la mano de la ahora vieja, fea y aburrida Trucutrú. Ella siempre estaba ahí para mi, después de todo habíamos hecho un pacto de eternidad. Prefería su compañía a la angustiante soledad sin Barbie, a quien no dejaba de pensar. Así fue como decidí hacer de nuestros momentos los más especiales: La llevaba a los mejores lugares que había visitado durante la semana, le regalaba los vestidos que había cosido la abuela especialmente para ella y hasta tomé por costumbre pedirle a mamá que preparara besitos de coco -mi dulce favorito- para merendar con mi dorada amiga. Pero el par horas nunca eran suficientes, tras cada encuentro quería más.

Cansada del racionamiento, un domingo fingí dolor de panza para no ir a misa con mamá y la abuela. Al saberme sola decidí ir a por Barbie y con ayuda de una escalera subí hasta lo más alto de la habitación. Abrí la caja con la misma sutileza de todos los viernes. Me miró sonriente y supe que ella también me estaba esperando.  No tenía besitos de coco, ni vestidos, pero tampoco hacía falta, el mejor regalo era éste extra semanal. Olvidé todo, como siempre sucedía cuando estaba con ella, incluso el tiempo; aquel que me faltó para terminar su nuevo peinado cuando mamá nos encontró.

- ¿Por qué me haces esto? -le gritaba mientras lloraba.

- ¡Esto lo hago por tu bien carajita! – gritaba más alto mientras me daba una buena paliza.

Aunque me tomó tiempo comprenderla, mamá tenía razón. Con un simple juego de muñecas, me enseñó las bases de nuestro trabajo. De cómo exhibirnos frente a ellos, hermosas e inalcanzables; conservadas en nuestra caja original, para que nos sientan como nuevas en cada encuentro; aquellos racionados, pensados para evadir sus tristes vidas junto a las trucutrús, a quienes ya no aman. Para que los vestidos, los viajes y los besitos de coco fuesen sólo para mí. Para que las ganas de tenerme mantengan vivo el deseo, ya que es él quien nos cotiza, nos pone precio.

Publicado en Ruby Star

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