AMERICA BARRIO – Actriz

Mamá Clemencia en “Diamante”. 49 años.

Esa mañana todos llegamos puntuales para ensayar el guión; como es costumbre. Bueno, todos menos la señorita Susana; como también es costumbre. Llegó 2 horas tarde a la pauta -algo temprano de lo habitual- y a pesar de los 25 grados que azotan a la sombra, entró en plató cubierta por un abrigo “comprado en París”. No hacía falta que lo dijera. Desde que visitó la capital gala, todo tiene la misma denominación de origen: el fondo de armario, las anécdotas, las expresiones… Ese viaje parece una fuente inagotable de historias que -aquí entre nosotros señor mío- todo el mundo dice que son milongas. ¡Ese abrigo es de la Peletería Canadá!

Perdóneme si le he dado una impresión equivocada, no soy yo mujer de murmullos, ni chismes de pasillo. Sólo le digo lo que veo. O lo que no veo, ya que lo extraño de esa mañana no era la excentricidad de Susana, sino la ausencia de Felipe. Algo de lo más inusual, pues le encanta llegar el primero. No crea usted que se debe a su carácter responsable -nada más alejado de la realidad- lo hace porque disfruta haciendo rabiar a los impuntuales. Una vez escuché decir que no era maldad, sino la forma matutina de mitigar la rabia que corría por sus venas. No lo sé, el hecho es que nunca nadie le ha visto llegar, el siempre estaba aquí.  Esa mañana, como le digo, no apareció y casualmente fue su ausencia la primera impresión de la señorita Susana al entrar. “¿Por qué Felipe no ha llegado?” Supongo que se desquitaba, al fin y al cabo, ya le he hecho saber a usted que tiene por vicio la tardanza. Felipe siempre le reñía.

Lo cierto es que la señorita escuda su demora en los constantes desvelos causados por la cantidad de texto que tiene que memorizar. Al parecer las mañanas no le bastan para hacerse con los diálogos; de ahí que la producción le envíe el libreto todas las noches. Nosotros lo recibimos la mañana siguiente. “No hay preferencias, sólo facilidades”. Tal vez si nos quejásemos… En fin, sólo puedo decirle que algo gordo pasó. Esa mañana Susana golpeó el libreto contra la mesa, vociferando una vulgaridad en inglés que me niego a repetir. No lo sé,  yo solo le digo lo que escucho. Saque usted sus propias conclusiones señor mío.

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